La Vida se manifiesta en nuestras vidas siempre y cuando mantengamos abiertos los caminos del interior. El actual ritmo de vida y los requerimientos de nuestra sociedad dificultan cada vez más ese acceso al interior personal en el que se encuentran las materias primas para la construcción de nuestras vidas. Sin darnos cuenta, nos autoexiliamos de nuestro hogar interior. Allí, utilizando la imagen del Maestro Eckhart, Dios se encuentra como en su casa, pero nosotros nos sentimos extranjeros.

Educar la Interioridad es favorecer los procesos y proporcionar las herramientas que nos permitan volver a casa, al hogar interior para desde allí vivir unidos a los demás, al mundo, a Dios.

martes, 19 de mayo de 2015

La gran aventura de ser




Ved el vídeo, por favor. ¿No os toca el alma? Un niño, como nosotros/as lo hemos sido, como otros muchos lo serán. Un bebé aún. Ahí, sentadito en su trona ¡descubre sus manos!. ¡Qué sorpresa! ¡Qué satisfacción expresa con su risa abierta!¡Enorme descubrimiento! Momento único que, sin embargo, ninguno de nosotros/as recordamos. Esta mamá lo ha podido grabar y nos lo regala. Se lo agradezco de todo corazón.

Este pequeño vídeo es como asomarse a una ventana mágica que nos permite atisbar, ver, oír, el sonido de la Vida manifestándose en la vida de cada uno de esos curiosos seres que nos auto-definimos como humanos.

Esta aventura de ser comienza en una profunda e íntima unidad con todo. El ser humano recién nacido no tiene conciencia de límite alguno entre él y su entorno, todo es, simplemente es y durante los dos primeros años de vida todos hemos vivido en esa Unidad en la que tampoco hay pasado ni futuro, solo el ser siendo lo que es. Este es nuestro paraíso perdido, porque llega el momento de la individualización, el momento de descubrir, como hace este precioso niño, que esas cosillas que se mueven ante sus ojos, de pronto...¡son suyas!, es decir, que resulta que las muevo él, que no van por libre, que puede dar una palmada (¡qué alucinante!) y luego descubrirá los pies y descubrirá su cara en una fotografía y..."¡he aquí mi "yo"! y Entonces ¡adiós al Paraiso! y hola a la gran aventura de ser en la que empleará muchos años, años en los que se vivirá y concebirá como un ser separado de los demás y de las cosas. Sí, durante muchos años necesitará de esa dualidad para crear su identidad en este mundo. Aparecerán los conceptos de "lo mío-lo tuyo", "dentro-fuera", "arriba-abajo", "bueno-malo", "blanco-negro" y mil diferenciaciones más que le ayudarán a funcionar en este mundo, a entender este mundo,a moverse en él, incluso a ser eficaz.

Mientras, dentro de él o de ella, dentro de esa persona que va creciendo en años, que cambia físicamente, psicológicamente, pervive un centro en el que ese niño/a sigue vivo y en paz dentro de la Unidad. 

Pero el adulto/a en el que se ha ido convirtiendo habrá ido olvidando ese Centro vital en el que no hay divisiones, ni pasado ni futuro. Ese adulto/a quizá olvide por completo su  mundo interior y camine por la vida alimentándose tan sólo de las aportaciones del mundo exterior o como mucho de eso y de sus pensamientos que, en la mayoría de los casos, serán muy poco originales y novedosos girando casi siempre en torno a los mismos temas día tras día.

Sin embargo, a lo mejor un buen día, un día de "gracia" ese adulto/a vivirá de nuevo la experiencia del gran descubrimiento y vuelva a sorprenderse y a sonreír al re-encontrarse con ese lugar interior en el que el niño/a que fue sigue sonriendo y dejándose sorprender por todo porque nunca dejó de ser uno con todo.

Algunas personas, un buen día, viven la emergencia de su Ser esencial, de su Centro y ese día se sienten como un bebé que sentadito en su trona alucina al descubrir que lo mejor de sí mismo y de la vida vuelve a estar en el punto de partida: ser como niños/as.

Os diré una cosa, lo curioso del caso es que como mejor se re-descubre uno/a a sí mismo/a es así: sentadito... dejando que la vida respire en uno/a... en un silencio poblado de Vida.

jueves, 14 de mayo de 2015

Regresar para progresar: Dejar ir

Entrada del jueves, 4 de noviembre de 2010


DEJAR IR

Las personas tenemos una tendencia muy clara a aferrarnos a las cosas, a otras personas, a nuestras emociones, planes... Somos como trapecistas que nunca acaban de soltarse de su trapecio para lanzarse hacia el otro y, así, no acabamos de volar libres.

Sin embargo, el único camino para recibirlo todo es darlo todo. Hace poco os proponía observar y conectar con nuestra respiración. En ella descubrimos ese doble movimiento de acoger y de entregar. En la inspiración recibo el aire necesario, el oxígeno vital, al espirar lo entrego, porque no puedo retenerlo sino unos segundos. Si no inspiro, me ahogo, si no espiro también me ahogo. Pues bien, muchas veces pretendemos vivir en una continua "inspiración", es decir, buscamos recibir  de fuera todo aquello que sentimos como necesario para nuestra vida, para nuestra felicidad. Esa continua búsqueda puede convertirse en una pulsión que genere una gran ansiedad. Quien se deja arrastrar por ella se puede convertir en un tirano en las relaciones y en un avaro en las posesiones. Pretender que cuanto necesito me llegue desde fuera, me aboca al éxodo de mí mismo y, a la larga, a terminar mendigando o exigiendo.

Pero también puede pasar que viva en una continua "espiración", es decir, incapaz de recibir nada de otros me siento realizado y feliz dando contínuamente, sintiéndome necesario en toda situación. Esa posición vital puede llevar al derroche de la energía personal que acabe dejándome tan vacío de mí como la pulsión contraria y además generando en los demás una sensación de ahogo.

Acoger agradecidamente y saber dar generosamente, los dos movimientos son necesarios, nos equilibran.

Con todo, sólo si dejamos fluir la vida ésta nos entrega todo su caudal. Dejar ir es lo más difícil, lo que más miedo nos da, pero es lo que más felicidad nos puede llegar a aportar. Se trata de soltarse interiormente, de no aferrarse a nada, a nadie. Es la actitud del contemplativo que deja ser a todos los seres, que observa pero no manipula, que acaricia todo con su mirada afincada en el ser interior pero de nada se siente poseedor.

Especialmente necesario es aprender a dejar ir a las personas, dejar que el otro, la otra sea quien es, no pretender cambiar a los demás, no pretender que sean lo que creemos que son. Permitir que el otro se manifieste tal y como es y que ante mi presencia reaccione en libertad.

El amor entre las personas suele venir cargado de impurezas. ¿A qué llamamos amor? quizá al reflejo de mí en el otro, a las proyecciones que superpongo en la otra persona. El amigo, el amante queda tantas veces recubierto de capas y capas que no le son propias.

Amar es dejar ser y dejar ir. Amar es soltar las amarras que me atan al otro para poder pasar a caminar juntos eligiendo entre los dos el rumbo.

Dejar ir lo que más amamos nunca nos dejará vacíos, al contrario, recuperaremos todo aquello que creímos perder en una forma más genuina y hermosa, porque todo regresará preñado de libertad.

lunes, 11 de mayo de 2015

Regresar para progresar: Educar


Comenzamos una nueva semana. Os deseo que sea una semana bonita, de luz. Eso no quiere decir que sea una semana perfecta, sino que, en aquello que nos acontezca, seamos capaces de poner Paz e ilusión.

Por mi parte he decidido comenzar a celebrar el quinto aniversario de este blog que comenzó su caminito en septiembre de 2010. Para ello pretendo rescatar algunas entradas, volverlas a publicar. Estoy convencida de que es bueno volver a leer, repasar... "regresar para progresar" (no en vano este blog se llama "regreso a casa"). Desde luego la mirada profunda y atenta suele acariciar más de una vez los paisajes contemplados captando matices inadvertidos, permitiendo que el ser se haga permeable a la belleza. Por eso iré eligiendo las entradas que a mí misma me hacen bien, me interrogan más, me llevan más lejos.

Así que, durante un tiempo, en este blog, "lo nuevo y lo viejo" serán sacados del baúl, como dice Jesús que hacen los/as sabios/as.

EDUCAR (entrada publicada el 2 de diciembre de 2010)


Hoy te propongo que reflexionemos juntos/as en torno al significado de la palabra EDUCAR. Seguro que sabes que su etimología viene del latín educere, que quiere decir "sacar, traer hacia fuera". Así, el acto de educar, es el acto de ayudar al otro a sacar la sabiduría que lleva dentro. A mí me gusta compararlo con un parto: la parturienta y el neonato son los protagonistas, pero necesitan ayuda, indicaciones certeras. Antes las comadronas eran esenciales. Me gusta esa figura de la comadrona. Generalmente eran y son mujeres que también han sido madres. Nada como ayudar a otro cuando tú mismo has hecho la experiencia...nada como ser ayudado por alguien que ha vivido lo que tú vives, que ha hecho el recorrido, que sabe por experiencia...

Pues, si aplicamos la metáfora del parto a la educación, podemos comparar a todo/a educador/a con un/a partero/a. Los/as educadores/as ayudamos a nuestros chavales a dar a luz lo mejor de sí mismos, no sólo en el ámbito cognitivo, sino en lo referente a su persona.

Precisamente hoy urge otorgar a la educación formal los espacios, tiempos y recursos para que los educadores puedan educar en este sentido. Pero para ello son necesarios, sobretodo, educadores auténticos, vocacionados, enamorados no tanto de su trabajo como de los alumnos, aunque en el caso de la vocación educativa ambos "amores" van de la mano.

Ser educador es una inmensa responsabilidad, pero hermosa. Ser educador supone, lo queramos o no, ser modelo: el alumno se fija en ti, te ve, te percibe...¿qué les transmitimos? El "curriculum oculto" es real. Educamos más con nuestras actitudes que con nuestras palabras y, quizá, se nos está olvidando.

La metáfora del parto nos puede ayudar porque será muy difícil guiar al alumno hacia el descubrimiento de sí mismo si el educador es ajeno a su propia identidad como adulto. Nadie da lo que no tiene. No puedo acompañar y guiar a mis alumnos en el camino de ser persona cabal, de descubrir mi sabiduría interior (no cognitiva) si yo no he transitado esos caminos.

Creo que no hace falta explicar más, es algo muy fácil de entender. Pero no por fácil hemos de pensar que no sea necesario traerlo al primer lugar de nuestra reflexión sobre la educación y más si nos situamos en el ámbito de la Educación de la Interioridad. Será muy difícil acompañar de verdad (empatizando, comprendiendo, esperando, sonriendo, amando, abrazando, mirando, acogiendo, despertando interrogantes y emociones, silenciando los ruidos...) si el que pretende acompañar no está en ese mismo proceso o no se ha dejado acompañar.

martes, 5 de mayo de 2015

Meditar en camino: la marcha meditativa

Hace muchos años descubrí la llamada "marcha meditativa". Lo curioso es que ya la practicaba hacía años sin saber qué era. En muchos momentos de mi juventud, especialmente cuando estaba en la naturaleza, me recuerdo caminando muy despacio escuchando mis pasos, los sonidos del campo, de la montaña, del mar y experimentando que ese caminar atento, sereno, reposado, me hacía mucho bien.  Más adelante descubrí "la oración del corazón", la tradición de oración del monaquismo oriental y durante años practiqué el caminar invocando el nombre de Jesús. Y, después llegó el descubrimiento de la "caminata meditativa" a través de diferentes experiencias con el trabajo de la conciencia corporal. Así hasta el día de hoy en el que me hallo dichosamente inmersa en mi formación en Leibterapia Personal, método Dürckheim. El Zen me está ayudando a profundizar y sistematizar conceptos clave pero, sobretodo, ES UNA EXPERIENCIA que confirma la experiencia de mi vida, la que me ha sido dada en el silencio. 

Como ciudadana de un tiempo de prisas y ruidos, descubro que la marcha meditativa se transforma incluso en un acto revolucionario por lo que supone de frenar la loca carrera hacia las cosas y las actividades, por lo que tiene de toma de conciencia de los propios pasos, por su fuerte contenido de gratuidad al caminar por el mero hecho de caminar, por lo que supone de atención plena en un contexto de dispersión de la atención y porque confiere con la práctica, mayor "empoderamiento de uno/a mismo/a" y, por lo tanto, menor posibilidad de ser un engranaje inconsciente de un sistema económico y político corrupto e inhumano.

Así pues, para mí, además de suponer un reencuentro de mi cuerpo-alma, además de ser otra posibilidad más de crecer acorde al ser Esencial, también es este "meditar en camino", un acto voluntario de "desobediencia civil".

Para que comprendáis mejor qué es esto de la "marcha meditativa" copio a continuación la entrada sobre este tema del blog de Presencia Zen que escribe Laia Monserrat, mi maestra en estos momentos, psicóloga, psicoterapeuta y formadora de Leibterapia Personal. Si os interesa: investigad , pero mejor aún ¡practicad!

La marcha meditativa

En el presente artículo vamos a abordar la práctica y significado de la marcha meditativa.
El caminar, como el respirar, es un gesto fundamental de la persona y de su relación con el mundo. De la misma manera que podemos ver si la respiración es plena o está bloqueada, podemos ver si el andar es fluido o crispado. De la misma forma que ejercicios de respiración pueden servir para calmar la mente, la marcha meditativa acompaña también de forma simple en la búsqueda de calma interior. Cuando se aprende a observar la marcha, se puede aprender mucho sobre sí mismo de forma sencilla.
Por marcha meditativa entendemos el ejercicio que hace del andar un gesto espiritual y que procura una profunda sensación de paz y orden interior. Vamos a ir explicando como realizar el ejercicio de hacer del andar un gesto meditativo. Para ello realizaremos tres series de ejercicios e iremos dando las pautas a seguir.
Tanto en el zen como en las tradiciones monásticas occidentales la marcha meditativa ocupa una plaza importante. La verticalidad, interpretada como símbolo del contacto entre cielo y tierra, el ritmo del andar, el silencio y la lentitud, llevan al practicante a un estado de profunda tranquilidad mental que favorece la experiencia mística.
Cuando hablamos de meditación estamos haciendo referencia a un estado en el que la persona que medita se pone al servicio de lo esencial, se abre internamente al contacto con algo a lo que podríamos llamar lo Totalmente Otro. La meditación no es una comprensión intelectual del mundo, es una experiencia.
Si queremos ser precisos, no podemos hablar de “hacer meditación”. Cuando se practica meditación, en realidad se está procurando encontrar las condiciones que favorecen el contacto con lo esencial. Ese contacto es la meditación. No se hace mediante un acto voluntario, se produce. Meditar es un ejercicio de transformación personal en el que la persona se va abriendo interiormente, va encontrando la forma en la que ese contacto se va dando, va comprendiendo cuales son las actitudes que lo están bloqueando o que lo favorecen.
Existen unas técnicas básicas para la práctica de la meditación que han demostrado su eficacia durante siglos, acompañando a miles de personas en este camino de apertura a lo esencial.
Se puede meditar de diversas formas: sentados, de pie, andando, realizando las tareas de la vida cotidiana, corriendo, bailando…Cuando se sabe meditar, se puede permanecer en actitud meditativa en diferentes formas, es decir, la persona está en contacto interior con lo esencial y con su yo profundo, haga lo que haga.
Cuando se realizan las prácticas de meditación zen muchas personas se sorprenden al descubrir que la meditación sentada no es la única forma de practicar. Entre sentada y sentada se realiza una meditación o marcha meditativa. La marcha meditativa ayuda a movilizar los miembros que durante la meditación sentada se podrían haber anquilosado, regenera la energía, moviliza la sangre e impide problemas circulatorios.
Pero el andar meditativo es mucho más que un complemento de la meditación sentada, es realmente una meditación a parte entera. Se pueden aplicar algunos de sus principios durante el andar cotidiano. Se puede andar en actitud interiormente meditativa mientras se va a buscar el pan, en el despacho, o cuando nos desplazamos de un lado a otro.
Veamos cómo se debe realizar el ejercicio de la marcha meditativa.
La marcha meditativa se puede realizar sólo o en grupo. Cuando se está meditando en un grupo, el andar entre dos sentadas es un momento especial en el que cada persona anda para y por sí misma y al mismo tiempo entra en un ritmo grupal. Es un momento privilegiado de contacto con los demás y de unión.
Ejercicio 1º Antes de seguir leyendo le propongo que deje la revista, se levante y ande. Pero ande muy muy despacio. Si está en un espacio pequeño, de media vuelta cuando llegue a la pared y repita el paseo varias veces. Obsérvese, sienta. No se preocupe de cómo lo está haciendo. Simplemente ande y observe.
La experiencia puede llegar a ser un tanto turbadora si se siente en desequilibrio. No se preocupe. Es habitual.
Nos encontramos de nuevo en cinco minutos…
La técnica se basa en algunos principios clave:
Permanecer en silencio. Este es un punto esencial, se debe mantener la concentración máxima en lo que se está realizando, en lo que se va sintiendo. El silencio permite entrar en una dimensión del sí mismo distinta de la habitual. Se tiene que callar y también se tiene que llegar a calmar la mente, que la cadencia de los pensamientos sea cada vez más lenta. Estar en silencio no quiere decir que se produzca un aislamiento del mundo externo, al contrario, debe permitir estar atentos a lo que se oye, al canto de un pájaro, al ruido de una moto, a la voz del vecino. Se debe dejar que los ruidos, los sonidos que vienen del exterior, o de nuestra mente, pasen, sin ofrecerles resistencia ni quedarse “enganchado en ellos”.
Presencia al instante presente. Mientras se anda, cada pequeño gesto es particularmente importante y precioso. En una actitud ligera, abierta y distendida, nuestra atención debe estar puesta en cada sensación física, en cada movimiento. Del mismo modo, percibiremos nuestro entorno. Si hay un olor a tarta de manzana, sentiremos ese olor, si hace frío, sentiremos el frío. Debemos permanecer presentes a nosotros mismos y a nuestro contexto.
La postura debe ser erguida, la posición de la espalda distendida y desplegada hacia lo alto. Debemos sentir que la cabeza se dirige firmemente hacia el cielo. Para ello no se debe realizar un esfuerzo de estiramiento, más bien se debe soltar la zona lumbar y la cervical, lugares donde se suelen acumular gran parte de las crispaciones. Los hombros deben estar lo más sueltos posible, sin rigidez.
Es muy recomendable realizar el ejercicio descalzo.
La persona debe sentir su peso. En cada paso de debe sentir que el pie se enraíza en el suelo, que el peso se desplaza de un lado a otro. Esto da sensación de firmeza, de estabilidad. Cuando no se siente el peso, la persona tiene la impresión de flotar y de estar inestable, puede incluso tropezar. Para sentir el peso hay que soltarse interiormente. Es una actitud de tocar la tierra, de apoyarse de verdad, plenamente en el suelo.
Lentitud. Este ejercicio se realiza extremando la lentitud. Se anda muy despacio.
Se debe andar con los ojos abiertos. Esto que tal vez parezca obvio, no lo es tanto, ya que muchas personas tienen la tendencia de cerrar los ojos para sentir mejor. La mirada debe dirigirse lo más lejos posible, como si pudiera atravesar lo que se tiene delante e ir aún más allá.
Interiormente se debe sentir que el impulso de andar surge del hara (1). Hara es una palabra japonesa que indica la zona del vientre y la pelvis. Es el centro de la estabilidad de la persona. Aprender a situarse interiormente en esta zona proporciona una gran sensación de anclaje físico y emocional. Al andar, se debería sentir siempre que se anda desde el hara.
Se andará sin pretensión de llegar a ninguna parte. Lo fundamental del ejercicio es el andar por andar, no el llegar a ningún sitio. Por ello es bueno empezar realizando este ejercicio en una habitación, en el pasillo o cualquier lugar cerrado que nos permite concentrarnos en el andar mismo, sin finalidad.
Se debe estar concentrado en cada paso. Andar es dar un paso.
Observe su respiración. No quiera controlarla no acompasarla a sus pasos. Pero observe. A menudo, cuando se va entrando en el estado meditativo, la respiración se armoniza con los pasos. No construya su respiración. Déjese respirar.
Ejercicio 2º Ahora haga de nuevo el ejercicio, incorporando lo que acaba de leer. Tal vez necesite releer los once puntos anteriores otra vez.
. Realice el ejercicio durante cinco minutos como mínimo. Ande o obsérvese.
Sienta las diferencias con su forma de andar antes y ahora
Veamos ahora cuales son las etapas o movimientos precisos del andar meditativo:
Todo movimiento surge de la quietud. Iniciaremos el ejercicio estando en pie, derechos, sintiendo el peso, sintiendo la verticalidad, asentándonos interiormente en le hara. Antes de empezar a andar, hay que darse un tiempo para sentirse, para posicionarse correctamente.
Sentir cual es el buen momento para empezar a andar. Es un instante preciso, antes es demasiado pronto, después demasiado tarde.
Se levanta naturalmente un pie. Para ello, y si hemos realizado correctamente el ejercicio de situarnos en el hara y dejado que el movimiento se origine en la pelvis, el pie sigue el movimiento del hara, es decir, lo primero que avanza es la pelvis, que acaba tirando de la pierna y del pie. Primero se levanta el talón y poco a poco se va levantando toda la planta del pie hasta que se da el paso y el pie se coloca por delante del otro, como avanzando sobre una ancha línea recta.
El peso, que estaba en el pie que inicia el movimiento, se va colocando suavemente en el otro pie, que permanece firmemente colocado sobre el suelo.
Cuando el primer pie ha llegado a tocar el suelo, lo hace apoyándose por el talón hasta llegar a apoyar los dedos. En este punto, ha recuperado todo el peso, cosa que permite que el otro pie pueda levantarse y dar un paso.
Los movimientos, muy lentos, deben ser fluidos y continuos, sin momentos de parada.
Se establece un balanceo rítmico.
Ejercicio 3º . Puede volver a hacer el ejercicio ahora que ha leído la técnica hasta el final. Sienta las diferencias. Procure disfrutar de este momento. No tenga prisa. Lo ideal es realizar este ejercicio un mínimo de diez minutos, puede llegar a quince o más si lo desea. Hay que darse tiempo para sentir, para entrar realmente en el gesto y llegar a disfrutarlo sintiendo.
Si se le hace pesado, le aburre o no tiene la sensación de sentir “nada especial”, no desespere… normalmente este ejercicio se realiza de la mano de alguien experimentado, aquí está haciendo una primera prueba. Tal vez necesite que alguien le enseñe de forma presencial a extraer el máximo partido de la marcha meditativa.
Ejercicios que ayudan a preparar la marcha meditativa:
Para sacar todo el provecho a este ejercicio puede realizar algunas practicas previas que le ayudarán a encontrar la buena postura para andar.
Puede entrenarse a andar erguido con un peso en la cabeza. Esto le ayudará a tomar la medida de la dimensión vertical y le ayudará a sentir su verdadera altura, a no ir encogido. Puede llegar a ser muy agradable, siempre y cuando no se realice con crispación.
Otro ejercicio de preparación es hacer rodar con el pie una pelota de goma. Este ejercicio le ayudará a sentir aún más el contacto con el suelo. También le va a facilitar el sentir su peso y su enraizamiento en la tierra.
Por fin, cualquier movimiento que pueda permitirle soltar crispaciones en la espalda, y permanecer lo más suelto posible, es una buena preparación.
(1) Recomiendo a aquellos que aún no lo hayan leído que lean el libro de “Hara, centro vital del hombre”, de K. G. Dürckheim, ed. Mensajero
La marcha como ejercicio de transformación
Cuando alguien le preguntó al ciempiés ¿cómo logras mover de forma coordinada todos tus pues? Este su puso a pensar y no logró dar un paso más.
La experiencia de la meditación abre a la experiencia de contacto con lo esencial o experiencia mística. No se puede pretender comprender totalmente estos momentos, tampoco se puede pretender “psicologizar” toda actitud o comportamiento. Una vez dicho esto, sin pretender que le ocurra como al ciempiés, preguntarse ciertas cosas sobre sí mismo y llegar a conocerse mas profundamente es una buena forma de poder estar aun mejor consigo mismo y con los demás.
La marcha meditativa puede ser un estupendo ejercicio para aprender a conocerse a sí mismo y para aprender a funcionar mejor en el mundo. A esto se le llama ejercicio de transformación, ya que practicado de forma consciente y regular nos ayuda sacar lo mejor que tenemos de nosotros mismos.
¿Quién no ha salido nunca a pasear para “aclararse las ideas”? Tal vez usted mismo siente de tanto en tanto la necesidad de andar sin rumbo fijo, en la ciudad desierta, en la playa en invierno o en la montaña, para sentirse en paz consigo mismo.
Aristóteles y sus discípulos andaban mientras este les impartía sus discursos filosóficos (escuela peripatética); tal vez fueran los precursores de la idea de Steiner que une los procesos del pensar y el andar en su origen…
Pero el andar puede aun ser algo más profundo. Puede convertirse en ejercicio de crecimiento personal y llegar a ser un momento de experiencia espiritual.
¿Qué condiciones previas requiere la marcha meditativa? ¿Quién y cuando realizarla?
La marcha meditativa es útil para toda persona que desea realizar un ejercicio simple, agradable, sano y espiritual. No tiene límites de edad ni requiere ninguna condición física particular.
Ayuda a calmar la mente, a sentirse en conexión con el yo esencial, ayuda a estar de forma más plena en el mundo.
Este ejercicio puede utilizarse también en el curso de una psicoterapia. Para ello es necesario que los terapeutas y psicólogos lo conozcan a fondo y lo hayan experimentado suficientemente.
Con un poco de entrenamiento, cualquier persona puede llegar a mejorar en su auto observación con este ejercicio y a progresar en su camino personal de forma simple y autónoma. Se pueden explorar procesos interiores, aprender a adoptar formas de estar más libres y serenas.
Algunos ejemplos de la utilización de la marcha en procesos personales, sacados de mi propia experiencia como terapeuta:
1 Era una mujer dulce y reservada. Vino a consultar por un problema que se reveló una depresión. La observaba entrando en mi despacho desde la sala de espera y veía su andar tímido, casi de puntillas. Le propuse el ejercicio de la marcha. Más que andar flotaba, sin tener un verdadero contacto con el suelo. No sentía su peso, su diafragma estaba muy bloqueado y sus pies parecían no encontrar el ritmo del andar lento. A medida que analizábamos su situación y comprendíamos lo que le ocurría, el ejercicio de la marcha se desarrollaba en paralelo. Lo que su mente no llegaba a decir, su andar lo expresaba. Poco a poco fue sintiendo el peso, el apoyo en el suelo, su andar se volvió más plantar. Llegó un día en el que experimentó un gran placer al andar lentamente, pudiendo concentrarse simplemente en el paso que estaba dando. Estaba emergiendo de su depresión, con paso firme y cada vez más segura de sí.
2 Un hombre vino porque se sentía mal en su vida cotidiana. Trabajaba muchas horas y no sentía placer sino carga en lo que hacía. Cuando le veía andar veía que sus pies se apoyaban de forma forzada sobre las puntas y su talón no entraba casi en contacto con el suelo. Su diafragma estaba muy bloqueado, sus lumbares sufrían. Al mismo tiempo, avanzaba con el pecho hinchado y la cabeza por delante. Poco a poco fue dándose cuenta de su postura y de que esta postura reflejaba su actitud frente al mundo. A medida que fue soltándose interiormente su diafragma se relajó y su respiración se hizo más completa. Aprendió a que su impulso para avanzar podía salir de su hara en lugar de salir de su cabeza (“tengo que avanzar, debo hacerlo!”). Comprender su actitud le llevó a ir modificando poco a poco su relación consigo y con el entorno y a ser más feliz.

jueves, 30 de abril de 2015

LA EDUCACIÓN EN EL SIGLO XXI

HOMENAJE A UN PROFESOR HÉROE

Se llamaba Abel Martínez, pero eso a casi nadie le interesa. Era, según dicen, de Lérida y tenía 35 años. Trabajaba como profesor de Historia en un instituto de Barcelona y murió en acto de servicio. Cayó abatido a la puerta de su aula, cuando acudía a poner orden en un incidente escolar. Fue muerto (¿podré decir asesinado?) por un estudiante incontrolado del que lo sabemos casi todo y por el que todo el mundo –desde jueces a periodistas, pasando por psicólogos y políticos- está muy preocupado. Nadie sabe nada (ni importa, al parecer) de Abel y su familia, de sus padres o hermanos, de su novia o tal vez de sus hijos.
Era un profesor. Si hubiera sido un militar caído en lejanas tierras, habría ido a buscar su cadáver el ministro del ramo, se le habrían hecho honores de Estado y seguramente le habrían condecorado con distintivo rojo o amarillo, vaya usted a saber. Pero Abel era, simplemente, un profesor. Un profesor interino, para más inri. El primer docente muerto en las aulas en nuestro país no se merece el oprobioso silencio, el incomprensible ninguneo que le han dedicado los medios de comunicación. Así que solicito desde aquí que el próximos instituto que se inaugure en España lleve el nombre de Abel Martínez, y que se conceda al profesor leridano, a título póstumo, la Cruz de Alfonso X el Sabio.
Luis Azcárate Iriarte. Pamplona
Carta al director de “EL MUNDO”, viernes 24 de abril de 2015

Hasta aquí esta carta que va llegándonos por diferentes vías. Si algo favorecen las nuevas tecnologías es que ciertos escritos, cartas, reflexiones, campañas llegan rápido, llegan a todos y a todas horas. 
He necesitado días para digerir el drama vivido en el instituto Joan Fuster. En Barcelona tengo grandes amigos/as, algunos trabajan en la escuela pública. En el barrio donde está el Joan Fuster viví mis últimos dos años en Barcelona, pasaba junto a la escuela casi cada día. Son lugares conocidos, transitados. La noticia me trae ecos personales. Y afecta. Pero sobretodo me afecta porque soy educadora (que es más que profesora, para mí al menos) y porque muchos de mis amigos e incluso mi marido, son educadores/as. Me afecta porque desde que tengo memoria, creo firmemente en la educación (casa y cole) cómo los ámbitos imprescindibles para la mejora del mundo, para el crecimiento sano de las personas, para el enriquecimiento personal y colectivo.
Afecta (y cansa,  cansa mucho) escuchar continuamente los mismos tópicos sobre los profesores/as, afecta que lo único que importe en el debate educativo de este país sea si tenemos más o menos vacaciones. Afecta este drama de un niño enfermo, de un joven educador muerto, de otros heridos, de todo un colegio afectado por algo tan tremendo. Afecta, duele, preocupa, toca el alma... Porque una de las cosas que vuelve a evidenciar este drama es que la reflexión educativa profunda a niveles ministeriales es nula. 
Quizá me he perdido algo, pero no recuerdo al señor Wert aportando nada en este dramático suceso. Pero como nada inteligente espero de los políticos en cuanto a Educación, no me extraña.
Una cosa es cierta: si queremos que en un aula de un colegio se acompañe el crecimiento y formación de niños con "necesidades educativas especiales" y niños  sin esas necesidades (personalmente creo que todos los niños necesitan una educación "especial" y "especializada", no estandarizada, pero ese es tema de otro debate), entonces por pura lógica, la inversión en educadores/as convenientemente formados debe ser seria y duradera. El llamado "profesor/a de apoyo" debe ser real. No puede ser que en un colegio el departamento de orientación esté compuesto pro personas que sólo tiene unas horas contratadas o que no han sido "profes" de aula. No puede ser que a mí, como tutora, me pidan que acoja en el aula a un niño ciego, o sordo o con leucemia, o recién llegado de China, o psicótico y me digan que le eduque, que le forme, a él/ ella y a 27 o 30 niños/as más y salgas de la situación como puedas (lo genial del caso es que la mayoría de educadores/as de nuestros colegios son personas tan creativas y quieren tanto a los/as niños/as, que encima lo hacen fenomenal, pero sin ayudas adecuadas)
Los recortes en Educación recortan la mejora de la sociedad.
Y, mientras, la atención se pone en si debemos endurecer o no las leyes para los delitos cometidos por menores, en si hay que poner o no controles policiales en los colegios, en si... Mil temas adyacentes, pero seguimos sin ir al núcleo: ¿qué es, qué supone, por donde pasa Educar en el siglo XXI?  Gracias a Dios en muchos centros educativos no sólo hace mucho que surgió la pregunta, sino que se le busca verdadera respuesta cada día.
DESDE AQUÍ MI RECONOCIMIENTO A TODO EDUCADOR/A VERDADERO Y, POR SUPUESTO, A ABEL MARTÍNEZ.


miércoles, 15 de abril de 2015

VIVE

Hoy me permito copiar en mi blog una entrada del blog de Emilio. Os gustará.

VIVE


¿Cómo podemos amar a nuestro enemigo?
Sólo hay un camino: comprenderlo.
debemos comprender por qué es como es,
cómo llegó a ser lo que es,
y por qué no ve las cosas como las vemos nosotros.
(Thich Nhat Hanh)

Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Mc. 12,31)
Habían pasado ya tres años y aquí estábamos en la misma casa que nos vio vivir todos aquellos acontecimientos en Jerusalén. Habíamos venido a la capital a celebrar la Pascua y… Sucedió todo tan rápido... Resultó todo tan inesperado… Nos quedamos todos tan sorprendidos…
Unos días antes habíamos emprendido camino a Jerusalén, algunos se habían adelantado para buscar un lugar donde reunirnos y compartir la PascUa. Nada nos hacía presagiar lo que ocurrió en esos pocos días. Estábamos todos con ganas de vivir juntos este acontecimiento, nuestro corazón vibraba ante lo que nos deparaban estos días de fiesta de nuestra liberación. Unos días que queríamos compartir juntos, con sentido, en esta nueva familia que estábamos formando.
La entrada en la capital fue un tanto extraña. Jesús montado en un asno, nosotros a su alrederor a pie con palmas de platanero en nuestras manos. Algunos de los que nos acompañaban no entendían este gesto y supuso el desconcierto de algunos de los nuestros, entre ellos Judas (uno de los más cercanos a Jesús) que esperaba que Jesús entrará en Jerusalén de otra manera muy diferente, aunque por distintas circunstancias no pudimos saber qué tenía Judas en la cabeza.
Llegamos a la casa y nos reunimos en torno a la mesa, Jesús se ciñó la toalla y nos lavó los pies, y después cenamos todos juntos como manda la tradición. Allí estabamos todos: los doce, otros que seguíamos a Jesús y algunas mujeres, entre ellas, su madre María. La casa estaba repleta de gente. Después de la cena y de dar algunas instrucciones, Jesús fue al monte de los Olivos. Algunos discípulos estabamos allí con él. Jesús se apartó un poquito más y allí intuí que algo no iba bien, pero no sabía qué era. Ahora, después de estos años imagino que pasaría por su cabeza: le vendrían imágenes de su entrada en Jerusalén, una entrada humilde y pacífica (había entre los que le seguían quien hubiera preferido una entrada con espada en mano). Le vendrían a la mente imágenes de sus amigos y amigas, de su madre, de la gente que en estos tres últimos años había compartido camino con él, de… Hacia sólo un momento que había cenado con sus más allegados y ya había hablado con Judas (no le echaba nada en cara, aunque le dolía su postura). No era un momento precisamente agradable. ¡Qué ciegos estábamos! No lo vimos venir y Él tampoco nos dijo nada.
Fue entonces cuando apareció Judas acompañado por soldados y arrestaron a Jesús. Pedro, que en ocasiones era tan explosivo, agredió a uno de los soldados. ¡Qué barbaridad! Ciertamente no entendíamos nada. Jesús tocó al soldado herido con ternura y éste se tranquilizó, después siguió a los soldados.
A partir de aquí todo se salió de quicio y se precipitó. En pocos días Jesús había muerto. Nos quedamos consternados. No acabamos de entender qué había ocurrido y no habíamos tenido tiempo de asimilar lo allí sucedido. Estamos encerrados en la casa en la que días atrás habíamos cenado todos juntos. Teníamos miedo. Jesús no estaba con nosotros y pensábamos que ahora vendrían a por nosotros. Además, algunos habían empezado a irse y la casa empezaba a quedarse grande. ¡Estábamos tan desorientados! ¿Qué se suponía que debíamos hacer? Nos reconcomía las entrañas el sentimiento de no haber hecho nada, aunque ¿qué hubiésemos podido hacer? Habíamos dejado que lo crucificaran y no habíamos movido un dedo.  ¡Qué perdidos estábamos!
Al tercer día de su muerte, algunas mujeres entraron en casa contando historias sobre Jesús. También dos de los que habían dejado la casa regresaron de Emaús diciendo que le habían visto en el camino. Seguíamos en la casa desconcertados más si cabe, cuando Tomás tomó la palabra. Mientras hablaba la puerta se abrió y… y… y allí estaba, era Él? Todos guardamos silencio, Tomás también. No sé cuánto tiempo estuvimos en silencio, pero sé que fue mucho. Al final, muchos nos acercamos con cuidado, le abrazábamos y entre sollozos, reíamos y llorábamos, y llorábamos y reíamos, y… Él con sus gestos delicados y sus palabras tranquilas iba llenando de amor nuestros corazones, como en otras ocasiones. No hubo ninguna mala palabra contra nosotros ni contra sus captores. Como días atrás nuestras vidas se llenaron de paz.
Nos dijo que estuviésemos tranquilos, que no había nada que perdonar, que para que alguien perdone, debe haber un ego herido; sólo el ego herido, la falsa creencia de que uno es la personalidad, ese es quien puede perdonar, después de haber odiado, o resentido, se pasa a un nivel de cierto avance, con una trampa incluida, que es la necesidad de sentirse espiritualmente superior, a aquel que en su bajeza mental nos hirió. Solo alguien que sigue viendo la dualidad, y se considera a sí mismo muy sabio, perdona, a aquel ignorante que le causó una herida. Y también nos dijo: “Escuchad mis palabras: Os veo a todos como un alma afín, no me siento superior, no siento que me hayáis herido, sólo tengo amor en mi corazón por todos vosotros; no puedo perdonaros, porque sólo os amo. Quien ama, ya no necesita perdonar. Id y haced todo con amor”.
Entonces, Él se desapareció.

Habían pasado ya tres años de esto y aquí estábamos en la misma casa que nos vio vivir todos aquellos acontecimientos en Jerusalén. Habíamos venido a la capital a celebrar la Pascua y… Jesús seguía aquí con todos nosotros.

lunes, 6 de abril de 2015

Pascua "a la intemperie"

Ya está, he atravesado "mi Pascua a la intemperie", de la mano de mi querido Emilio y de mi madre, de la mano de la comunidad parroquial de San José de Romo y de su párroco Juanjo Elezkano.

¿Que porqué hablo de una "Pascua a la intemperie"? Me explico. A los quince años pude asistir a la primera "Pascua joven" de mi vida gracias a mis queridas hermanas de Santa Ana. Nos invitaron en el colegio. Aquello para mí fue el inicio de algo profundo, experiencia fundante en toda regla. Un Encuentro con el evangelio a través del paso de Jesús, de su Pascua, encuentro que venía de antes y allí encontró hondura, voces, rostros, canciones, silencios, símbolos litúrgicos que emocionaban todo mi ser, amistad, conversaciones, paisajes... Desde entonces y de forma ininterrumpida, cada Semana Santa la he vivido en ambiente de retiro, de oración, priorizando en los días del Triduo el silencio que permite contemplar y dejarse tocar por el Misterio. Viví después la Pascua en Manresa, luego la "creación" junto con con una gran sacerdote de la Pascua urbana en una parroquia de Barcelona,  al instalarme en el País Vasco de nuevo, la Pascua urbana en Vitoria e incluso por dos años el regalo de animar y motivar la vivencia en retiro de la Pascua de hermanos de La Salle en Sevilla y en Bujedo.

En cada caso ambientes "cuidados", es decir, silencio y liturgia que se unen para provocar la apertura del interior a algo mucho mayor que uno mismo, algo grande, bello, verdadero, bueno... Ambientes en los que todo se confabula para permitir captar algo de ese Misterio al que llamamos Dios y que en Jesús de Nazaret enamora y escandaliza a la vez.

Y a mis cuarenta y siete años he vivido lo que llamo "Pascua a la intemperie", para mí tiene sentido, lo comparto por si te sirve a ti que lees estas líneas. 

Pascua acompañando la soledad de mi madre que no es soledad llorosa ni depresiva, pero es soledad al fin y al cabo, la de quien no tiene junto a sí a quien fue su compañero durante casi sesenta años, ni a sus cuñadas-amigas. Pascua que no podía ser de otra manera porque ¿qué sentido tenía buscar esa "pureza ambiental" sabiendo a mi madre sola? A veces, en la vida, hay decisiones que se te dan hechas y poco hay que pensar, pero a pesar de "verlo clarísimo", como solemos decir, luego aparecen otras emociones, otros pensamientos que "tiran de ti" hacia otro lado y ahí es donde toca mantenerse en esa "muy determinada determinación".

Pero debo confesar una gran ayuda: Emilio. La belleza del matrimonio brilla en momentos así, cuando hay cosas que cuestan o que no apetecen mucho o que...¡vete a saber! y en cambio, ahí estamos, el uno junto al otro, el uno facilitando el paso al otro, el uno acogiendo las necesidades del otro, casi priorizándolas por sobre las propias, el uno caminando junto al otro. Y así, he vivido una Pascua nueva. ¡Qué extraño se me hacía pasear por Bilbao el viernes por la mañana y no vivir un Via Crucis en comunión con el dolor del mundo! Pero... ¿y el dolor de mi madre? ese era el verdadero lugar para esta ocasión en la que comulgar con las muertes de la humanidad. Extraño caminar por la calle, tomar un pintxo, ir a un museo, extraño, sí... En algún momento me sentí infringiendo no sé qué regla tácita de mi vida o siendo infiel "a algo", "a alguien..."

He sentido un montón de mociones interiores, de sensaciones agradables y desagradables y lo que me ha ayudado a situar las cosas en su lugar y no dar cancha a cierta melancolía que quería establecerse en mí, ha sido vivir el presente, vivir cada momento ratificando la razón por la que estaba ahí, en Getxo y no en otro lado y la certeza afincada en mí en los últimos años de que Dios es el Dios de la vida, el que está y es en la vida, en lo pequeño que luego, si toca, nos lleva a lo grande porque "quien no es fiel en lo pequeño, no lo será en lo grande".

Llegaban así los momentos de "los oficios". Me recuerdo a mí misma tan cuidadosa y amante años atrás de los detalles litúrgicos que me da risa, una risa amorosa, porque hoy me sobra la mitad. Y por ello la sobriedad litúrgica de la Parroquia de Romo me ha ayudado a centrar la mirada interior, a agradecer estar allí. Emilio y yo los más jóvenes. Asamblea de personas mayores, sencillas, que te dan la paz con un gran cariño, que leen, que escuchan las palabras sencillas y directas de Juanjo y con él cantan a pleno pulmón aunque seamos "cuatro gatos". 

Allí he sentido fuerte dentro que se cerraba una etapa de mi vida, que llega otra que no sé en qué consiste, pero que está ahí y que pasa por el cuidado de los mayores que hay en mi vida, comenzando por mi madre, como ya lo hice con mi padre. Etapa quizá de mayor interiorización sin tanta "ayuda" exterior porque me toca vivir más a la intemperie, sin los apoyos que en otros lugares y momentos he tenido. Etapa de madurez, de ir mucho más allá, de abrazar tanto recibido, tantísima riqueza humana, espiritual y dar fruto en lo cotidiano traduciendo todo en el "pan de cada día".

No os oculto que hay algo de "vértigo" en esta certeza que va llegando, pero lo acojo y no lo hago sola aunque sea sólo mía la responsabilidad última de secundar esta llamada.

También quiero compartir la percepción de que aunque lo que sucede "dentro de los templos" vaya envejeciendo en edad y vaciándose de participación, lo que sucede en los templos de carne de nuestros corazones y nuestras vidas, va hacia delante, no caduca y es lo que a Dios de veras le importa, en mi humilde opinión.

Por todo ello y por más que me quedo para mí, puedo sonreír, reír y cantar y proclamar con fe renovada y recreada: ¡CRISTO VIVE! Todo lo bueno, bello y verdadero de la Vida vive por siempre y para siempre y el resto es cosa de mi camino, de tu camino, de nuestro camino de seres humanos perfectamente imperfectos.

Entonces veré el sol con ojos nuevos
y la noche y su aldea reunida,
la garza blanca y sus ocultos huevos,
la piel del río y su secreta vida.

Veré el alma gemela de cada hombre
en la entera verdad de su querencia,
y cada cosa en su primer nombre
y cada nombre en su lograda esencia.

Confluyendo en la paz de Tu mirada,
veré, por fin, la cierta encrucijada
de todos los caminos de la Historia

y el reverso de fiesta de la muerte.
Y saciaré mis ojos en Tu gloria,
para ya siempre más ver, verme y verte.

Pedro Casaldáliga. Sonetos neobíblicos, precisamente.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Atender la Vida educando el SER. Intervención en el XXIII Foro Religioso Popular de Vitoria-Gasteiz

Hoy dos entradas. Acaba de llegarme este regalito y lo comparto, aunque no me va mucho esto de salir en videos, pero ¡por una vez y sin que sirva de precedente! Espero que os guste.